«Hay una sola especie responsable de la pandemia de COVID-19: nosotros»

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Imagen: Gerd Altmann – Pixabay

Científicos advierten en este artículo que vendrán peores pandemias si seguimos destruyendo la naturaleza.


Josef Settele, Sandra Díaz y Eduardo Brondizio [1] y Peter Daszak [2] firman este artículo para el Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES).

Hay una sola especie responsable de la pandemia de COVID-19: nosotros. Al igual que ocurre con las crisis climática y de diversidad biológica, las últimas pandemias son consecuencia directa de la actividad humana, en particular, de nuestros sistemas financieros y económicos mundiales, que se basan en un paradigma que premia el crecimiento económico a cualquier precio. Al tratar de enfrentar los desafíos de la situación actual, tenemos una pequeña oportunidad de evitar seguir sembrando las semillas de futuras crisis.

Las enfermedades como la COVID-19 son causadas por microorganismos que infectan nuestro cuerpo: más del 70 % de las enfermedades emergentes que afectan a las personas tienen su origen en la fauna y flora silvestres y los animales domesticados. No obstante, las actividades que ponen en contacto directo a un número cada vez mayor de personas con los animales portadores de estos patógenos son la causa de las pandemias.

La deforestación desenfrenada, la expansión descontrolada de la agricultura, la la cría intensiva de ganado y animales de granja, la minería y el desarrollo de infraestructura, así como la explotación de especies silvestres, han creado la “tormenta perfecta” para la transmisión de enfermedades de la fauna y flora silvestres a las personas. Esto suele ocurrir en zonas en las que viven comunidades que son más vulnerables a las enfermedades infecciosas.

Nuestras acciones han tenido impactos significativos en más de tres cuartos de la superficie terrestre del planeta, han destruido más del 85 % de los humedales y han resultado en que hoy se destinen más de un tercio de toda la tierra y casi el 75 % del agua dulce disponibles a la producción agrícola y ganadera.

Si a esto se añade el comercio no reglamentado de animales silvestres y el enorme crecimiento del transporte aéreo mundial, queda claro cómo un virus que antes circulaba de manera inofensiva entre los murciélagos de Asia Sudoriental ha infectado actualmente a más de 2 millones de personas, ha provocado un sufrimiento incalculable y ha detenido las economías de todo el mundo. Esta es la parte humana de la aparición de la pandemia.

No obstante, es posible que este sólo sea el comienzo. A pesar de que las enfermedades transmitidas de animales a seres humanos ya causan aproximadamente 700.000 muertes al año, la posibilidad de que se produzcan futuras pandemias es elevada. Se cree que siguen existiendo en mamíferos y aves acuáticas hasta 1,7 millones de virus no identificados, del tipo que se sabe que infecta a las personas. Cualquiera de ellas podría ser la próxima “enfermedad X”, quizás aún más perturbadora y letal que la COVID-19.

Si no somos sumamente cautelosos con respecto a las posibles repercusiones de las decisiones que tomemos hoy, es probable que las futuras pandemias se produzcan de forma más frecuente, se propaguen con mayor rapidez, tengan una repercusión económica mayor y acaben con la vida de más personas.

De manera más inmediata debemos asegurarnos de que las medidas que se toman para reducir los efectos de la pandemia actual no traigan aparejado un aumento del riesgo de que se produzcan brotes y crisis en el futuro. Existen tres aspectos importantes que deberían ser fundamentales para los planes de estímulo económico y recuperación de varios billones de dólares que ya se están poniendo en marcha.

En primer lugar, debemos garantizar el fortalecimiento y la aplicación de las normas ambientales existentes, y sólo utilizar paquetes de estímulo que ofrezcan incentivos para llevar a cabo actividades más sostenibles y positivas para la naturaleza. Es posible que, desde el punto de vista político, sea oportuno en estos momentos flexibilizar las normas ambientales y apoyar a sectores como el de la agricultura intensiva, el transporte de larga distancia, como las aerolíneas, y los sectores energéticos que utilizan combustibles fósiles, pero al hacerlo sin exigir un cambio urgente y fundamental, básicamente se subvenciona la aparición de futuras pandemias.

En segundo lugar, deberíamos adoptar un enfoque de “Una sola salud” en todos los niveles de toma de decisiones (desde el mundial hasta el más local), en el cual se identifiquen las complejas interconexiones entre la salud de las personas, los animales, las plantas y nuestro entorno compartido. Por ejemplo, los departamentos de silvicultura suelen establecer políticas relacionadas con la deforestación, y los beneficios se destinan en gran medida al sector privado, pero son los sistemas de salud pública y las comunidades locales los que a menudo pagan las consecuencias de los brotes de enfermedades. Un enfoque de “Una sola salud” contribuiría a una mejor toma de decisiones y a que éstas tengan en cuenta los costos y las consecuencias a largo plazo de las estrategias de desarrollo, tanto para las personas como para la naturaleza.

En tercer lugar, tenemos que financiar y dotar de recursos adecuados a los sistemas de salud, así como incentivar un cambio de comportamiento en el marco del riesgo de pandemia. Esto implica movilizar la financiación para crear capacidad sanitaria en los focos de enfermedades emergentes, como por ejemplo las clínicas; y los programas de vigilancia, especialmente en colaboración con los pueblos originarios y las comunidades locales; encuestas sobre riesgos relacionados con el comportamiento, y programas de intervención específicos. También supone ofrecer alternativas viables y sostenibles a las actividades económicas de alto riesgo y proteger la salud de los más vulnerables. No se trata de simple altruismo, sino de una inversión vital en favor de todas las personas para prevenir futuros brotes mundiales.

Coches abandonados entre maleza y árboles en ciudad postapocalíptica
Imagen: Comfreak – Pixabay

Tal vez lo más importante sea que necesitamos un cambio transformador, como el que se señaló el año pasado en el informe de evaluación mundial de la IPBES (el cual estimó que un millón de especies de plantas y animales corren el riesgo de extinguirse en los próximos decenios). Necesitamos una reorganización fundamental de todo el sistema en cuanto a factores tecnológicos, económicos y sociales, incluidos paradigmas, objetivos y valores, que promueva las responsabilidades sociales y ambientales en todos los sectores. Por muy abrumador y costoso que esto pueda parecer, palidece en comparación con el precio que ya estamos pagando.

La respuesta a la crisis de la COVID-19 exige que todos hagamos frente a los intereses creados que se oponen al cambio transformador, y que acabemos con esta situación ”business as usual”.

Podemos reconstruir mejor muchas cosas y salir fortalecidos de la crisis, pero para ello debemos seleccionar políticas y acciones que protejan la naturaleza, para que ella pueda protegernos a nosotros.

Nuestro mejor antivirus: tener ecosistemas sanos

[1] Copresidentes del Informe de Evaluación Global IPBES 2019 sobre Biodiversidad y Ecosistemas que encontró, entre otras cosas, que 1 millón de especies de plantas y animales están en riesgo de extinción en décadas.

[2] Presidente de EcoHealth Alliance y experto encargado de la nueva evaluación del IPBES sobre los vínculos entre la biodiversidad, la salud y la alimentación.

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